En el vestuario, el entrenador arengaba a sus jugadores, reclamándoles el máximo sacrificio; no todo estaba perdido, y mayores hazañas se había visto en el mundo del deporte. Saltaron al campo con nuevos bríos, dándose ánimos entre ellos, conjurándose para lograr, como mínimo, el empate. Cuando los jugadores del Atlético los vieron salir, se asustaron más aún de lo que lo estaban, y a Seghiñiño, central brasileño fichado las pasadas Navidades, le atacó un repentino acceso de gastroenteritis que lo tuvo retenido en el servicio más de media hora.
Parecía que todo estaba dando sus frutos; a los quince minutos, los locales habían conseguido marcar tres goles como tres soles, y el resultado estaba tan apretado como los calzoncillos de un novio en el baile de las fiestas de la matanza. Los comentaristas deportivos no daban crédito a lo que estaba sucediendo; sin lugar a dudas, aquel era el partido más extraño y emocionante que habían visto en sus vidas, e intentaban transmitir esas sensaciones a sus oyentes. La grada volvía a botar, a saltar, a gritar; las palmas y los puros echaban humo, y hasta Isabelita pedía a gritos en el hospital que la llevaran otra vez al campo, y que le dieran por culo a los puntos, a la placenta, al cordón umbilical y a toda la familia de la matrona.
Pero claro, no todo iba a quedar así; Jacinto, que casi no tocaba la pelota en la segunda parte porque sus compañeros parecían no tenerle en cuenta, empezó a tocarla de nuevo, pero en el sentido equivocado. Provocó tres penaltis, uno de ellos agarrando la pelota en el centro del área en una espléndida palomita, marcó dos goles en propia puerta y sacó tres debajo de los palos, pero debajo de los palos del Atlético. En fin, cuando el árbitro señaló el final del partido, el marcador reflejaba un vergonzante 4 a 7, y eso que los visitantes fallaron uno de los penaltis aposta, pegando la pelota en el banderín de córner. La tragedia era de dimensiones descomunales: varios aficionados aparecieron ahorcados con la bufanda del Sporting en los servicios del estadio; los jugadores del Atlético corrieron como posesos, y se montaron en el autobús sin siquiera cambiarse; los periodistas desmontaron los equipos, recogieron sus cosas y desaparecieron antes de que la cuestión tomara tintes color sangre.
Nadie se movía de las gradas; un silencio espeso y oscuro, como una taza de chocolate, lo rodeaba todo. Jacinto y sus compañeros se quedaron en el terreno de juego. Algunos lloraban, otros arrancaban trozos de césped a bocados, y el portero se daba cabezazos contra el poste. Nadie supo luego quién comenzó a moverse; sólo se sabe que, en cuestión de segundos, todo el público saltó las vallas y empezó a correr detrás de los jugadores, del entrenador y de los que, estupefactos, permanecían sentados en el banquillo. Todos corrían buscando una salida, menos Jacinto, que seguía sentado en la hierba con una expresión de satisfacción fuera de lugar. Tampoco nadie supo explicar el por qué, pero a los jugadores sólo les dieron unas cuantas patadas en las espinillas, un par de tortas y poco más, pero no pararon hasta arrinconar al entrenador contra el córner; el pobre tenía la cara del color de la cal, y arrodillado pedía por favor que no le hicieran daño, que no tenía culpa de nada, que aquello era sacar las cosas de quicio, por Dios, sólo es fútbol, sólo es...
Alguien, no se sabe quien pero parece que fue Mariquita, la niña de la estanquera, dio el primer paso y le arreó con el bolso en medio de la cara, abriéndole una pequeña brecha en la ceja. A partir de ahí, llovieron los golpes, las patadas, los bocados, los arañazos; desde fuera del tumulto se veían de volar los trozos de chandal, los mechones de pelo, los zapatos. Cuando Jacinto se levantó del suelo para ducharse, si hubiera vuelto la cabeza hacia atrás hubiese visto volar la mano izquierda del entrenador, todavía con el reloj en la muñeca, y las gafas de concha. Cuando se secaba, después de un relajante baño, y se empezaba a vestir, no quedaba rastro del entrenador, excepto un zapato y un par de empastes, que quedaron en un charco de sangre, justo en el córner. Hay quien dice que los perros de la policía no comieron nada aquella noche, y que Manolo, el del tenderete, tiene en su casa un cenicero muy particular, muy grande y redondo, que sólo saca a los más íntimos y en las noches en las que se ha bebido un par de botellas de más.
Al día siguiente, nadie en Cañete de la Frontera levantaba la vista de los cordones de sus zapatos; María del Desamparo se encontró las vajillas, los juegos de cama, las baterías y demás en el contenedor de basura, justo al lado del portal del bloque de apartamentos, y la cerradura de la puerta cambiada. Días más tarde, desapareció del pueblo para no volver; algunos dicen que se fue a casa de unos tíos de Murcia, otros que se metió a monja, pero las malas lenguas cuentan que la han visto en un bar de topless en Alicante, frecuentado por muchos futbolistas; cosas de la vida.
Jacinto dejó el fútbol, pero vivió como un rey a costa de la experiencia. Montó una empresa que se dedicaba a dar cursos de motivación a empresarios. Nunca más volvió a tocar un balón. Ni le volvieron a tocar las pelotas.